Hábitos Saludables

Mi cuerpo, mis reglas.

Son las siete de la mañana, me encuentro viajando en un tren rumbo a Barcelona y el sueño me está jugando una partida que no pienso dejarle ganar. En las últimas 24 horas he recorrido España de Sur a Norte, de Este a Oeste.

A estas alturas después de casi cuatro años de dejar mi ciudad e ir viajando cual nómada con mis sueños en una maleta debería de estar acostumbrada. Pero no, aún extraño mi casa, la de Buenos Aires y la de Madrid.

Cuando digo que extraño mi casa no me refiero a ese par de ladrillos que la componen (espero no ofender a mi padre con esta expresión), pero para mí, lo que indica que una casa es mi hogar es la sensación que siento al estar en ella.  Son recuerdos, emociones, personas que no se borran.

Una de las condiciones que tuve que aceptar cuando diseñé el tipo de vida que quería vivir era privarme de pasar unas cuantas noches lejos de la comodidad de mi casa. Yo acepté el trato y así voy. Con mi estilo de chica nómada y espíritu de “culo inquieto” como diría mi abuela.

Pero hoy quiero hablarles, de otra casa. Esa de la que nunca nos vamos a poder mudar, en la que nos tocará amanecer día tras día, año tras año.

Estaremos anclados ahí, pasaremos 24 horas al día todos los días de nuestras vidas, ¿agobia bastante la idea, no?
Una vez asimilado este “shock” no queda más que ponerse manos a la obra. Imagino que a esta altura ya sabéis de la casa que hablo. Nos guste o no tendremos que convivir con este cuerpito 365 días al año, por lo que, más nos vale tener la casa arreglada ¿no?

La buena noticia es que como este cuerpo maravilloso es de nuestra propiedad, nosotros escribimos las reglas que aplican en él. Y nadie, pero nadie nos puede obligar y/o incitar a cambiar nuestras decisiones: Ni los amigos, ni el trabajo, ni el clima ni la maldita publicidad que intenta meterse por cualquier ventana del cerebro como una mosca molesta para convencernos que debemos consumir cualquier porquería de moda. No, no y NO. Me niego. Mi casa, mis reglas.

 

Así que una vez que descubrí este tan obvio pero a la vez tan ignorado truco me dispuse a investigar sobre todo lo que podía darle a mi hogar para que estuviera lo más fresco, sano y reluciente posible. Y una vez colectada toda la información me puse a escribir las “normas de convivencia entre mi cuerpo y quien escribe”

  1. Aceptarme tal cual soy
    Celebrar mis puntos flacos y fuertes (Recomiendo el post anterior en el que hablo sobre no compararse con nadie para ganar confianza)
  2. Dedicarme tiempo
     Así es, en esta casa no existen las excusas del tipo “me encantaría cuidarme si tuviera tiempo”. De eso nada. Si no hay tiempo se hace, pero ningún compromiso puede ir por delante de cuidarnos a nosotros mismos.
  3. Comer sólo cuando me lo pide el cuerpo
     Saber identificar cuándo necesita energía y cuándo lo estamos “ahogando” con comida o bebidas por no querer escuchar lo que realmente nos está pidiendo.
  4. Descansar
    Irme a dormir más temprano para ganas horas de sueño. Me da igual que me cataloguen de abuela, al otro día la piel lo agradece.
  5. Hacer ejercicio a diario
    ¡Sí a diario! Incluso cuando no hay tiempo de ir al gimnasio podemos hacernos un hueco para una caminata, o unos abdominales en casa, flexiones, salir a correr 20 minutos o usar las escaleras en vez del ascensor. Y si podemos hacer todo esto junto ¡mucho mejor! Incluso cuando llegamos a casa cansados, una buena caminata para reactivarnos, desconectar y respirar aire puro viene de lujo.
  6. Cambiar la mentalidad respecto a la comida chatarra, dulces, alcohol, etc.
    Solemos pensar que cuando nos venimos portando bien “nos merecemos una recompensa” y entonces nos premiamos con una pizza o un helado. A mí me sirvió ver esto como una piedra en el zapato a todo el trabajo y el esfuerzo que me lleva mantener una alimentación limpia. ¿Por qué querría invertir horas y energía construyendo una casa de naipes y al terminar premiarme con un soplido para derrumbarla?
  7. Por último, he decidido dejar de comer carne, pollo, embutidos y todo producto que provenga de origen animal. Sé que esto es muy polémico y no os voy a recomendar que lo hagáis porque cada cuerpo es un mundo y cada uno debe encontrar lo que mejor le haga sentir y se adapte a sus ideales. En mi caso después de investigar e informarme por distintas fuentes decidí empezar con esta rutina y me siento feliz, llena de energía.

Eso es todo por hoy, espero os haya animado a prestar más atención a vuestras casas ambulantes porque como dice mi profe de Yoga, tenemos solo un cuerpo y viene sin recambio así que más vale cuidarlo ¿no?

¡Hasta el próximo post!

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